Bordar en silencio, organizarse en riesgo

  • Las trabajadoras a domicilio en El Salvador y la política internacional que aún no las mira de frente

Hace unos días en Madrid se hablaba de política exterior feminista en el marco de la V Conferencia Ministerial de Política Exterior Feminista. De financiación, de democracia, de derechos y de cómo éstos atraviesan a las mujeres. De enfoques, de interseccionalidad y de aterrizaje desde lo local. Algunas de estas conversaciones que, como hilos telefónicos se conectan, no llegan a estas mesas de discusión y de decisión.

Se trata de hilos finos, casi invisibles, que cuesta enhebrar y que, sin embargo, atraviesan cocinas, madrugadas y jornadas interminables para muchas mujeres en El Salvador.

Allí, bordar no es un oficio romántico, sino que es un trabajo que casi nunca es reconocido como tal.

Una bordadora trabaja inclinada sobre una tela en una mesa de madera gastada. Con gestos repetitivos y un esmero casi tozudo para coser y una pieza, terminar y empezar otra. De ello depende llenar la olla que hierve a su lado. Detrás suyo, una familia y un cálculo que no abandona su mente: ¿cuántas puntadas me faltan para que me alcance el día? ¿cuántas piezas tengo que terminar para que me alcance para comprar la comida?

No tiene un contrato, ni salario fijo. Cualquier riesgo laboral asociado a su actividad lo asume ella con su cuerpo, ya que no cuenta con ningún tipo de protección social. Así que la diferencia entre esos 1,5 dólares al día, cuando con suerte los consigue, y lo que le cuesta la vida es inmensa.

Así, mientras se prepara para el resto de su jornada, aguanta horas y horas mientras con sus manos sostienen un hogar y una comunidad entera.

En El Salvador, el 66,5% del empleo es informal según datos de la OIT. El común denominador de la informalidad es la presencia de las mujeres en espacios donde existe trabajo, pero los derechos no.

Producir no significa existir a efectos estadísticos. Es decir, se trabaja para sostener los datos macroeconómicos, sin formar parte de la economía que estos pretenden retratar. Y organizarse para defender derechos, en este contexto, tiene consecuencias.

Es un país de 6,5 millones de habitantes en el que casi el 28.5% de la población, es decir, cerca de 1,8 millones de personas, viven en riesgo de pobreza. El mismo en el que, según la Confederación Sindical Internacional, se registra una de las peores calificaciones regionales jamás conocidas en materia de represión contra los derechos de los trabajadores y los sindicatos. Todo ello mientras que en su territorio operan una serie de empresas en sectores conocidos por sus condiciones laborales abusivas han incurrido en prácticas generalizadas de represión sindical.

Hacer ruido para reclamar derechos, es una actividad de alto riesgo. Según un reciente informe, las y los sindicalistas se encuentran en el punto de mira en el país centroamericano. Desde 2022, el país vive bajo un régimen de excepción que permite detenciones sin orden judicial. Organizaciones sindicales y de derechos humanos han denunciado un estrechamiento del espacio cívico y un aumento del riesgo para quienes defienden derechos laborales.

Las bordadoras, sin hacer ruido, intentan tejer esperanza desde sus “centros de trabajos” para dejar una huella en el ruido mundano que les rodea. Con la cartera llena de dignidad, su historia no va del silencio, sino de cómo puntada a puntada van descosiendo los amarres de un sistema que promueve la explotación laboral. Va, precisamente, de cómo ellas se organizan.

¿Quiénes tejen los hilos de resistencia?

SITRABORDO es el sindicato de mujeres bordadoras. Nació del cansancio por las condiciones laborales profundamente injustas, pero también de la dignidad de las mujeres. Ellas, que bordaban para otros, empezaron a bordarse a sí mismas una voz y unas reivindicaciones justas. Así, con un trabajo minucioso que se hace en alianza con otras organizaciones internacionales, llegó la conciencia, la organización y la organización desde lo colectivo, lo común.

Durante años, las empresas vendieron el bordado como “algo que se puede hacer en casa”, compatible con la vida doméstica o una forma “complementaria” de ingreso. Una actividad casi invisible.

Hasta que dejó de serlo.

Isela Beltrán, Secretaria General del Sindicato de Mujeres Bordadoras a domicilio de El Salvador, lo explica sin rodeos:

La verdad es que antes ni siquiera entendíamos que era un trabajo. Las empresas lo vendían como un pasatiempo, algo que podíamos hacer desde la casa mientras seguíamos atendiendo los oficios del hogar y, “de paso”, generábamos un ingreso.

Isela continúa narrando que cuando empezaron a formarse, para ellas cambió todo. “Entendimos que sí era un trabajo, y no cualquier trabajo: estábamos haciendo doble jornada, porque bordábamos y al mismo tiempo sosteníamos la casa. También nos dimos cuenta de lo injusto que era el pago, comparado con lo que ganan las empresas.

Nombrar las cosas, es decir, llamar trabajo a lo que es trabajo, fue el primer acto de reivindicación. El segundo fue organizarlo.

“Al inicio había miedo. A una le han enseñado que el sindicato es algo malo. Pero con los procesos de formación fuimos reconociendo nuestros derechos y entendiendo que, organizadas, sí podemos incidir, sí podemos exigir que esos derechos se cumplan.

En el país centroamericano, Convenio 177 de la OIT sobre trabajo a domicilio aún no ha sido ratificado. Esto no es baladí ya que implica ser reconocidas como trabajadoras, con los derechos que ello conlleva. Sin ese reconocimiento, no existen datos estadísticos, ni derechos y lo único que se mide es una productividad invisible y que, sin embargo, tiene un impacto en la balanza de pagos.

Resistir no siempre parece resistencia

Hablar de resistencia desde Mallorca o desde Madrid es fácil. Los avances legislativos, junto con un reconocimiento de derechos en un Estado garantista es fundamental para medir la calidad democrática y la calidad de los espacios cívicos. . Desde San Salvador, es otra cosa.

Segovia Roque, técnicx de género de FEASIES, lo define mejor que cualquier documento:

Creo que, en países como el nuestro, la resistencia se construye en lo cotidiano, casi sin darnos cuenta. No siempre pasa por grandes discursos o estrategias planificadas. Resistimos porque sobrevivimos: frente a la represión, la violencia de género, la escasez de agua, el caos de la ciudad, a los altos precios de la canasta básica… todo eso lo vamos enfrentando día a día, a veces un poco a ciegas, solo tratando de que el siguiente día sea un poco mejor que el anterior.

La organización, como acto de resistencia, no es épica o cinematográfica, sino que se mide a diario con las horas de descanso efectivas que estas mujeres disfrutan o no, la cantidad de agua almacenada y administrada de la que disponen en su día a día, o las pequeñas decisiones que sostienen su actividad cotidiana.

El agua, que en muchas de las comunidades donde viven estas mujeres, el agua tampoco es un derecho garantizado. El trabajo se construye desde la resiliencia de comunidades enteras, y también desde lo cotidiano del trabajo de cuidados. Le pregunto a Segovia, ¿cómo construyen ese cuidado desde su relación con el entorno?

Ella responde pausada, desde una vida marcada por la experiencia y un presente en el que se debaten entre esa escasez y necesidad: “Primero pasa por la necesidad. Muchas compañeras no tienen acceso constante al agua. Entonces, cuando logran recogerla, se convierten en sus guardianas dentro de la casa: administran, cuidan, deciden cómo usarla. Ellas saben lo que vale el agua porque viven su escasez en carne propia. Por eso, cuando en los espacios de formación hablamos del cuidado del medio ambiente, la conexión es inmediata. La clase trabajadora es la que sufre primero las consecuencias del deterioro ambiental.

El ecofeminismo, como marco de interpretación y de actuación, es transversal al proyecto que acompañamos en 2024 de la mano de FEASIES y de SITRABORD, financiado por el Govern de les Illes Balears. Deja de ser algo teórico y se convierte en una práctica tangible en la que ellas convierten la necesidad en virtud y sobreviven al calor, a la escasez y a la desigualdad.

Continúa Segovia “Defender los ríos tiene sentido cuando eres de las primeras en quedarte sin agua. Defender las zonas verdes también, cuando no tienes espacios de descanso o recreación. Quienes vivimos estas realidades entendemos con claridad la urgencia de cuidar el entorno.

Mientras tanto, el coste de organizarse en ocasiones es caro, y de ello da fe Isela, quien nos contaba que “Las empresas amenazan: si se organizan, les quitan el trabajo. Y aunque el pago es poco, ese ingreso ayuda a sostener a sus familias. Muchas son madres solteras y, como no tuvimos acceso a educación, se nos hace difícil acceder a otro tipo de empleo. Otro reto es el tiempo. Las compañeras pueden pasar hasta 16 horas al día bordando, mientras cuidan a sus hijos, lavan, cocinan… hacen todo el trabajo de cuidados. Entonces, asistir a una reunión o a una formación significa dejar de trabajar y, por lo tanto, dejar de ganar dinero.

Cadenas globales, responsabilidades globales

El bordado no se queda en El Salvador, sino que forma parte de cadenas globales de producción donde las marcas internacionales externalizan costes, riesgos y responsabilidades. Lo que se vende como artesanía o detalle hecho a mano suele esconder jornadas invisibles y pagos que no alcanzan.

Por no hablar de grandes pendientes en materia de derechos laborales, como son el Convenio 87 de la OIT (libertad sindical), el Convenio 98 (negociación colectiva), y del 177. Sin estos pilares y la defensa del diálogo social como base de la democracia, cualquier discurso sobre trabajo decente se queda incompleto. Ahí es donde entra en juego la cooperación sindical al desarrollo, y donde el trabajo en conjunto con SITRABORDO y FEASIES se convierte en algo más que intentar mejorar condiciones.

Se trata, pues, de romper con la idea de que la informalidad es inevitable y que la organización de las trabajadoras y de los trabajadores para reivindicar sus derechos también es condición necesaria para el desarrollo sostenible. En nuestra conversación, Isela y Segovia responden a la pregunta sobre qué le piden a la comunidad internacional con una sonrisa: “Que se reconozca el Convenio 177 de la OIT.”, indica Isela.

No piden caridad, piden visibilidad, marcos normativos y, en definitiva, justicia social. Segovia añade algo más, como un recordatorio necesario, “Que se conozca la realidad detrás del bordado. No es tan simple como dicen las empresas. Aprender lleva tiempo. Y hay condiciones muy duras detrás de cada prenda que vestimos.” Lo que está en juego no es solo un salario, sino la dignidad de las bordadoras.

Es verdad que las bordadoras no abren grandes titulares ni son las protagonistas de grandes conferencias sobre política exterior. Sin embargo, ellas están en el tajo, en el día a día, con sus cuerpos como partes de esas cadenas de valor que exigimos que sean responsables. Las mujeres bordadoras, desde la certeza de que su lucha no puede esperar, mantienen la esperanza y nos regalan una lección importantísima: “Pensar que podemos lograr un salario digno, prestaciones de ley, mejores condiciones. Y también pensar en el futuro de nuestros hijos: que puedan tener acceso a educación, a salud, a un trabajo mejor… Y que nuestros hijos tengan una vida mejor.”, afirma con aplomo Isela.

Varios meses después de nuestra conversación, con la cabeza aún pensando en las discusiones sobre cómo avanzar en una política exterior feminista, me doy cuenta de que es ahí, justamente, donde la política deja de ser un marco abstracto para volverse incómoda.

Son las mismas instituciones y empresas quienes, con la connivencia de los gobiernos en algunos casos, hablan de cadenas de valor responsables, trabajo decente o feminismo, mientras siguen lucrándose de modelos productivos que se nutren de estas mujeres, de sus cuerpos y de sus territorios.

Lo que ocurre en El Salvador no es una excepción, sino que es una pieza más de un sistema global que externaliza costes, precariza cuerpos y después los borra de las estadísticas.

Durante años, investigaciones periodísticas han documentado cómo, también en Europa, talleres subcontratados en el sector textil han funcionado bajo dinámicas similares de producción por encargo, ausencia de contratos directos, jornadas extensas y una dependencia total de grandes marcas que externalizan costes y responsabilidades. Es la continuidad de un mismo sistema global que desplaza la precariedad allí donde resulta más invisible.  La pregunta que cabe, entonces, no es si lo sabemos, sino qué se hace con ese diagnóstico en los espacios donde se toman decisiones.

Hace apenas unos días, en Ginebra, gobiernos, sindicatos y empleadores debatían en la 114ª Conferencia de la OIT cómo avanzar, entre otras cosas, hacia una agenda transformadora para la igualdad de género en el mundo del trabajo como un eje central del trabajo decente. De esta manera se reconoció la desigualdad como algo estructural, así como la distribución y organización del trabajo, de los cuidados y de los recursos como otro elemento estructural.

No fue un consenso fácil, ya que en el marco de las negociaciones hubo tensión real por intentar reducir la igualdad a una simple cuestión de discriminación formal. En la práctica, esto se traduce en una batalla no sólo por el reconocimiento de derechos, sino por la definición de la igualdad en el mundo de hoy. No está en juego solo el acceso al empleo, sino también la quién asume los cuidados o quién sostiene la informalidad.

La política internacional suele medir el cambio que produce en acuerdos. Ellas, las bordadoras, lo miden en si el día de mañana podrán seguir bordando… sin miedo. Mientras esa distancia siga existiendo, la política exterior feminista y las declaraciones en torno a ella se asuman, seguirá llegando tarde a lugares donde el mundo ya está ardiendo.

Nosotras, por ellas y con ellas, seguiremos trabajando.

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