“Nadie más que nosotros va a reivindicar que el trabajo venga con derechos. Es nuestro deber”.

Entrevista a Ariel Acevedo, secretario general de FUTRAMETAL (República Dominicana).

Nota de redacción. Esta entrevista fue realizada en Madrid en 2026, tras la participación de Ariel Acevedo en la 114.ª Conferencia Internacional del Trabajo. Aunque la conversación tuvo lugar meses atrás, los temas abordados mantienen plena actualidad en el debate sobre el futuro del trabajo y los derechos laborales.

En Madrid hacía calor a esas alturas del año, aunque quizás no tanto ni tan húmedo como en un país caribeño. Ariel ha viajado desde lejos, tras participar en la 114ª Conferencia Internacional del Trabajo en Ginebra. La conversación transcurre tranquila, a la sombra de los árboles de la Escuela Julián Besteiro, donde él mismo pasó hace años por cursos de formación sindical de los cuales guarda un grato recuerdo. Recuerda los pasillos llenos de jóvenes sindicalistas llegados de todo el mundo y rememora aquel momento como uno de los que más marcó su vida.

“Tengo ya 47 años encima”, dice con media sonrisa mientras pasa un paño por las gafas. “Vengo del sector metalúrgico. Dirijo el sindicato más grande del sector metalúrgico del Caribe y, a la vez, la Federación Unitaria de Trabajadores de las Minas, la Metalurgia, la Energía, la Química, los Combustibles y los Servicios Afines, FUTRAMETAL”.

P. La pregunta me surge casi por sí sola: ¿minería, en República Dominicana?

R. Fuera del Caribe, el país suele asociarse a playas, turismo y un sector de servicios muy desarrollado. Sin embargo, la minería aporta cerca del 2 % del PIB y alrededor del 7 % del producto industrial, según el Ministerio de Energía y Minas. El oro es el principal producto de exportación, según los datos económicos que aporta la balanza de pagos del país.

Al otro lado de la balanza, la informalidad laboral promedió el 54,1 % en 2025. FUTRAMETAL, afiliada a la CNUS, mantiene desde hace años una relación de solidaridad con UGT y con ISCOD a través de la cooperación internacional. En el marco de ese trabajo compartido, ambas organizaciones han impulsado distintas iniciativas orientadas a promover el trabajo decente, el diálogo social, la igualdad y la sostenibilidad en el sector minero. Esta conversación nació de ese intercambio.

P. Acaba de volver de Ginebra. ¿Qué les ha ocupado allí?, le pregunto.

R. Ariel responde con voz serena: “Estamos por estos lados del mundo gracias a nuestra presencia en la Conferencia Internacional del Trabajo, donde hemos seguido sobre todo el trabajo en plataformas. Yo creo que llamarle trabajo a los trabajos de plataforma es una ofensa [por la precariedad de las personas asociadas al trabajo de plataformas]. Lo que se persigue es que esos trabajadores y trabajadoras tengan derechos laborales, reconocidos en su condición verdadera de seres humanos y de trabajadores. Que se regule de una vez, y que cada trabajador de plataforma sea un sujeto y no un objeto, y por tanto sujeto de sus derechos laborales”.

El hito histórico que se consiguió en esta Conferencia, que cerró el 12 de junio, fue la adopción del primer convenio internacional sobre trabajo decente en la economía de plataformas, uno de los grandes debates laborales de la década.

P. En relación con la República Dominicana, ¿qué preocupaciones han trasladado en concreto?

R. Además de las plataformas, cada vez más presentes en todo el mundo, Ariel muestra su profunda preocupación por la situación de la minería en el país. “Aquí no existe solo la industria minera formal. Hay un sector importante de minería informal donde los protocolos de salud y seguridad en el trabajo son prácticamente inexistentes. Lo que reivindicamos es que el Estado dominicano ratifique el Convenio 176 de la OIT, y esperamos contar siempre con el apoyo de los compañeros de ISCOD y de UGT, a quienes hemos tocado la puerta, para alcanzar esa ratificación. Es el estándar específico que establece la OIT en salud y seguridad en las minas”, señala.

Más que los datos sobre la minería, Ariel cuenta la paradoja que vive República Dominicana donde el aporte económico de la minería al PIB es cada vez mayor, con una realidad cada vez más incómoda y es que las personas trabajadoras tienen cada vez más dificultades para organizarse sindicalmente. Además, señala que otras tantas dan por sentado las conquistas sociales que se han conseguido tras décadas de lucha.

Pero cuando habla de minería, Ariel Acevedo rara vez habla sólo de minería. Su discurso plantea un debate más profundo sobre el reconocimiento del trabajo como tal, con el reconocimiento de los derechos de las personas trabajadoras.

Para él, la discusión sobre plataformas digitales no es muy distinta de la discusión sobre la informalidad o sobre ciertas condiciones presentes en la minería artesanal. “Con el mote de informal o artesanal se pretende que interioricen que no son sujetos de derechos, que no son merecedores de derechos. Nosotros los vemos como trabajadores y trabajadoras, y por ende con derechos laborales. Ese es uno de nuestros objetivos principales, y pasa por un cambio de narrativa”.

Esta afirmación no es simbólica, sino que está cargada de un profundo cambio de perspectiva que no se aleja mucho de lo que planteaba al inicio de la conversación en relación con las plataformas digitales. “Se trata de una trampa del progreso”, me dice.

La conversación vuelve a mencionar las plataformas digitales como un ejemplo más de esa informalidad, y destacando la consecución de este Convenio que tiene que afrontar uno de los retos del presente del trabajo. Entonces es cuando menciona que, en su opinión, “nos quieren llevar a asumir los costes asociados al trabajo… nos quieren llevar a pagar para [a la empresa] que nos permitan trabajar, y no percibir un sueldo digno por nuestro trabajo”.

La frase es un recordatorio de una realidad que, en un mundo digital, forma parte de nuestro día a día sin exageraciones. Muchos repartidores asumen costes que antes correspondían a las empresas, incluyendo herramientas de trabajo, mantenimiento, riesgos laborales o protección social.

En un contexto internacional donde se cuestiona el papel de las instituciones multilaterales y donde crecen discursos que presentan los derechos como obstáculos para el crecimiento económico, Ariel plantea una idea aparentemente sencilla: el desarrollo no puede medirse únicamente por el crecimiento económico. También debe medirse por la capacidad de las personas trabajadoras para organizarse, negociar y defender colectivamente sus intereses.

P. Me queda claro que la informalidad es un tema central.

R. “La informalidad es una muestra de que el crecimiento del producto interno y del ingreso per cápita no se está traduciendo en una distribución equitativa. Los empresarios dicen que mantener derechos y conquistas en el Código de Trabajo genera informalidad. Pero lo que genera puestos de trabajo es una redistribución más equitativa de los beneficios de la economía. ¿En qué se ha traducido en República Dominicana todo lo que ha dejado el turismo? ¿En qué se han traducido los impuestos que paga la industria minera, si hay comunidades con minas que no tienen calles asfaltadas? Yo creo que en el fondo el empresariado prefiere y motiva la informalidad, porque así no tiene que cargar con nadie, y eso es una inmoralidad”.

El telón de fondo es el mismo, en ambos casos: ¿el futuro del trabajo será trabajo con derechos o trabajo sin derechos?

Hablar del futuro del trabajo es hablar también con una realidad que también convive con el crecimiento económico de manera persistente. En República Dominicana, como en tantos otros países del mundo, la igualdad de género sigue siendo una asignatura pendiente. Más aún si hablamos de igualdad de género.

P. Igualdad de género en la minería. ¿Qué significa eso en palabras sencillas?

R. Ariel pone un ejemplo aparentemente sencillo para explicar por qué la igualdad también tiene que discutirse en la minería. En determinados ámbitos de la minería subterránea subsisten barreras normativas y culturales que siguen limitando el acceso de las mujeres a determinadas ocupaciones. A ello se suma una división sexual del trabajo profundamente arraigada, especialmente en la minería artesanal, donde muchas mujeres continúan relegadas a tareas auxiliares o de cuidados.

“En las empresas mineras de extracción subterránea, cuando las mujeres son empleadas en esos sectores, se produce automáticamente una desigualdad rampante, incluso dentro del mismo puesto: hombres y mujeres con las mismas capacidades y una distancia salarial enorme. En la minería artesanal se concibe a la mujer como la que debe dedicarse solo a cocinar para los trabajadores, a hacerles el café. Esa trabajadora minera debe tener otros papeles y otras responsabilidades, y recibir la formación para acceder a puestos distintos, en condiciones y salario iguales”.

P. En el fondo, pelean por reducir la brecha salarial y la división sexual del trabajo.

R. “Desmontar el Convenio 45 lleva su proceso. Mientras tanto, son las empresas las que te dicen: no la puedo emplear”. El Convenio 45 de la OIT (1935) trata del trabajo subterráneo de mujeres en minas y las excluye en la mayoría de los casos.

El Convenio 45 nació con una lógica protectora de apartar a las mujeres de un trabajo peligroso. Pero en su día el Consejo de Administración de la OIT lo consideró un instrumento provisional, porque el principio de no discriminación se aplica igualmente a la seguridad y la salud en el trabajo, e invitó a los Estados parte a ratificar el Convenio 176 y a plantearse denunciar el 45. La lógica es la inversa: en lugar de cerrar la puerta a las mujeres, garantizar que el trabajo sea seguro para todas las personas.

La OIT calcula que las mujeres son menos de una quinta parte de los unos 21,4 millones de personas que trabajan en la minería en el mundo.

Ahí está la doble vulnerabilidad, pues además excluir, no se protege adecuadamente. Las mujeres quedan en los márgenes realizando las tareas auxiliares que describe Ariel, cocinar o hacer el café, o en una minería informal donde, según él, los protocolos de salud y seguridad son prácticamente inexistentes.

Sin acceso a los mejores puestos y sin las garantías que los acompañan. El Convenio 176, que FUTRAMETAL quiere que República Dominicana ratifique, apunta en la dirección contraria: reconoce el derecho de las personas trabajadoras a participar en la seguridad de su puesto mediante representantes independientes y a rechazar el trabajo inseguro, lo que da a los sindicatos espacio para organizarse.

P. República Dominicana figura entre los países mejor puntuados del mundo en derechos laborales. ¿Es motivo de tranquilidad?

R. “Yo creo que sí somos merecedores de esa puntuación. En República Dominicana existe tripartismo, existe diálogo social, y no debemos dejar de reconocerlo. Las condiciones en las que se hace sindicalismo aquí, tú conoces otros países donde ni imaginariamente podría hacerse. Pero resulta contraproducente hablar de ello justo ahora, cuando lo que se plantea es el desmonte de derechos: hay una propuesta del sector empresarial para modificar el Código de Trabajo eliminando y reduciendo conquistas que llevan más de cuarenta años. Es un planteamiento de desregular, y de hecho una violación de derechos. Y a la vez estamos exigiendo, con urgencia, modificar la Ley de Seguridad Social en materia de pensiones”.

P. Volver atrás en el tiempo al año de aprobación es también volver a un mundo que ya no existe. Estamos en un momento en el que muchas personas y actores dicen que “todo tiempo pasado fue mejor”. Hablar con usted de igualdad de género, también es hablar de democracia. En su país, igual que en otros tantos más, ¿hay quienes miran con cierta nostalgia hacia los años de la dictadura?

R. Ariel responde con el ceño fruncido y con preocupación, tomándolo como una paradoja peligrosa. Fue, recuerda, “una época muy dura para toda Latinoamérica y el Caribe, con una ola de dictaduras. Los derechos y las leyes que hoy existen nacieron de la lucha contra esos regímenes. Quien hoy añora aquello no debería querer desmontarlos «de golpe y porrazo»”. “La amargura de la gente tiene que ver con que lo que tenemos está siendo amenazado”, apunta.

P- Empezamos por la minería, y también de las plataformas. Es imposible no hablar de una minería de la que poco o nada se habla: la minería de datos y de inteligencia artificial. ¿Cómo lo ve?

R. “De manera silenciosa, lo que estamos haciendo es perder, perder y perder cada vez más puestos de trabajo. Se habla del futuro del trabajo, pero yo agregaría también el trabajo del futuro. ¿Es justo que el trabajo del futuro sean trabajadores de plataforma sin derechos laborales? ¿Es justo que cada vez haya peores condiciones y menos derechos? Vamos a tener que abrir los ojos”.

Partiendo de una experiencia reciente, señala que estamos en riesgo de perder no solo la posibilidad de un trabajo digno, sino la posibilidad misma de trabajar. Esto, como reto, es inmenso por las implicaciones que puede tener a efectos de reparto de las riquezas y de la justicia social. “Acabo de hospedarme en un hotel en Madrid donde me mandaron por correo electrónico el número de la habitación y el código para entrar. Eso indica que cuando llegue no voy a tener a nadie en un mostrador recibiéndome, como siempre. ¿Dónde fue a parar ese trabajador? ¿Sigue en la economía informal, o está haciendo trabajo de plataforma, sin derechos y con una remuneración…?”

P. En un contexto como el actual y considerando todo lo que hemos conversado, ¿qué le pide a la cooperación internacional y a la cooperación sindical, en particular?

R. “Que sigamos juntos en solidaridad, en cooperación sindical, para hacer sostenible el desarrollo del que hablábamos. Es indispensable que ISCOD se mantenga al lado de los trabajadores, haciendo acompañamiento, que es lo que puede producir cambios y hacer posible la creación de derechos laborales. ISCOD tiene que seguir existiendo”.

“Sin derechos laborales y sin libertad sindical no hay desarrollo. Ese lema, que es el lema de ISCOD, es una responsabilidad de nosotros, que compartimos desde el movimiento sindical, hacerlo sostenible. Absolutamente nadie, si no es el movimiento sindical, va a hacerse responsable y a ser capaz de seguir reivindicando que el trabajo esté acompañado de los derechos laborales que permitan el desarrollo de los hombres, las mujeres y sus familias. Es una responsabilidad compartida, una responsabilidad colectiva”.

La conversación llega a su fin, y Ariel vuelve una y otra vez a la misma idea, como quien regresa al punto de partida para asegurarse de que nada se ha perdido por el camino: el trabajo solo puede llamarse trabajo si viene acompañado de derechos. En un mundo que parece dispuesto a presentar la precariedad como modernidad y la desregulación como progreso, su advertencia suena sencilla, pero contundente: “Nadie más que nosotros va a reivindicar que el trabajo venga con derechos. Es nuestro deber”.

Cuando se levanta para marcharse, ya no hablamos de minas, ni de plataformas digitales, ni siquiera de República Dominicana. Hablamos de algo más esencial: de la dignidad que acompaña al trabajo cuando este está protegido por derechos. Quizás esa sea la verdadera veta que Ariel Acevedo lleva años defendiendo y que seguiremos defendiendo a su lado.

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